Buenas juntas

La suerte de un disco depende más de la disposición de su escucha que de su propio contenido. Jorge Luis Borges decía que esa condición definía los derroteros que podía tener –en su caso se refería al objeto libro–, después de despojarse de la intimidad reservada del autor. Astuto e inteligente, Marcel Duchamp jugaba con otro ángulo de una idea similar: “Son los espectadores los que hacen a la obra de arte”.

Semejante poder no es sencillo de administrar. Y menos en el tango. En la maraña de estrategias para escuchar un disco nuevo de este género, la comparación suele allanar caminos. Es un recurso de economía interpretativa que pone al ejemplar escudriñado en correlación sacrificial con un prototipo resguardado por la tradición. Cualquier desvío de su imposible catálogo de reglas estilístico-morales ya no se calibrará como extrañamiento o como experimento. Merecerá la condena. Si se salva, será un ejemplar respetuoso de la tradición, pero, seguramente, nunca alcanzará las alturas consagradas del prototipo.